Ahora que es demasiado tarde, ahora me doy cuenta de la
maravillosa sensación de paz que le daba su presencia a esta parte del hogar,
ahora que veo ahí su pecera transparentemente redonda, fria y sola.
Vuelvo en imágenes y lo recuerdo perfecto, cuadro por cuadro
como si ocurriera en otra domensiós secreta.
El lo mira como quien se sabe vencedor, puedo leer su mirada
llena de gloria, que en el momento no me significó nada. Me veo a mi misma en
el sillón de paño verde mirando cada movimiento, atónita desde lejos, inmóvil,
con una sensación de imposibilidad de la acción, siento adentro mio, al igual
que en ese instante y susurró las palabras como un sin querer hacerlo: Mi pez
dorado esta muerto. La melodía queda rebotando en mi cabeza, imponiéndose a
cualquier otro pensamiento, mi pez dorado está muerto…
En un segundo todo sucede rápido y el estrepitoso zarpazo
del felino me saca de la pose atónita e inmóvil y de un salto menos ágil que
veloz, me interpuse entre el gato y el cuerpo sin vida de mi hermoso pececito
dorado, que ahora yacía eternamente dormido sobre el parquet de madera oscura,
su brillo ya no estaba y la expresión de su cara denotaba espanto, sus últimos
pensamientos debieron ser aterradores, esta certeza me lleno de ira y me
acerque al gato como quien planifica una venganza fatal, sus ojos y los mios se
encontraron, el tenia esas pupilas finas de los felinos cuando pretenden
asustar, y lo logro, temí por un nuevo
ataque, desconfíe de aquel pelaje al que tanto había peinado… solo logre abrir
la puerta del patio, salio entero su cuerpo cuando pero un instante entendí que hay fibras en
las relaciones que no se recuperan jamás, después de ese fatídico jueves
existía un quiebre eterno en mi relación con el gato.
Tome a Arturo con las dos manos, quería despertarlo de ese
pasivo e irremediable sueño que se había llevado su alma, su agilidad, su
brillo… acaricié la parte baja de su cuerpo con el dedeo índice pidiéndole
perdón por haberlo dejado morir, por haber mimado tanto a ese animal que no
podía vivir en paz, haciéndome culpable de las acciones del gato, jamás había
reparado en esas garras mortales que definitivamente pensaba diariamente en
usar, después de todo era una mascota que no amaba, en principio no lo amaba,
era mas fácil de acariciar y por eso jugaba con el, no lo amaba como a mi adorado
pez.
Con los ojos desbordados con lagrimas de arrepentimiento me
pregunto si yo había hecho feliz a ese pececito hermoso que ya no está mas
conmigo. Por primera vez en casi dos años que compartimos pensé en él como un
ente capas de felicidad, por las noches todavía me angustia saber si sabrá
ahora que está por encima de lo visible lo mucho que yo lo quería, lo
importante que es su ausencia en mi living y si podría, algún día, perdonar cada
una de las veces que pase a su lado sin siquiera mirarlo, sin detenerme en su
hermosa sencillez de agua cristalina.