lunes, 4 de noviembre de 2013

My goldfish is dead


Ahora que es demasiado tarde, ahora me doy cuenta de la maravillosa sensación de paz que le daba su presencia a esta parte del hogar, ahora que veo ahí su pecera transparentemente redonda, fria y sola.

Vuelvo en imágenes y lo recuerdo perfecto, cuadro por cuadro como si ocurriera en otra domensiós secreta.

El lo mira como quien se sabe vencedor, puedo leer su mirada llena de gloria, que en el momento no me significó nada. Me veo a mi misma en el sillón de paño verde mirando cada movimiento, atónita desde lejos, inmóvil, con una sensación de imposibilidad de la acción, siento adentro mio, al igual que en ese instante y susurró las palabras como un sin querer hacerlo: Mi pez dorado esta muerto. La melodía queda rebotando en mi cabeza, imponiéndose a cualquier otro pensamiento, mi pez dorado está muerto…

En un segundo todo sucede rápido y el estrepitoso zarpazo del felino me saca de la pose atónita e inmóvil y de un salto menos ágil que veloz, me interpuse entre el gato y el cuerpo sin vida de mi hermoso pececito dorado, que ahora yacía eternamente dormido sobre el parquet de madera oscura, su brillo ya no estaba y la expresión de su cara denotaba espanto, sus últimos pensamientos debieron ser aterradores, esta certeza me lleno de ira y me acerque al gato como quien planifica una venganza fatal, sus ojos y los mios se encontraron, el tenia esas pupilas finas de los felinos cuando pretenden asustar,  y lo logro, temí por un nuevo ataque, desconfíe de aquel pelaje al que tanto había peinado… solo logre abrir la puerta del patio, salio entero su cuerpo cuando  pero un instante entendí que hay fibras en las relaciones que no se recuperan jamás, después de ese fatídico jueves existía un quiebre eterno en mi relación con el gato.

Tome a Arturo con las dos manos, quería despertarlo de ese pasivo e irremediable sueño que se había llevado su alma, su agilidad, su brillo… acaricié la parte baja de su cuerpo con el dedeo índice pidiéndole perdón por haberlo dejado morir, por haber mimado tanto a ese animal que no podía vivir en paz, haciéndome culpable de las acciones del gato, jamás había reparado en esas garras mortales que definitivamente pensaba diariamente en usar, después de todo era una mascota que no amaba, en principio no lo amaba, era mas fácil de acariciar y por eso jugaba con el, no lo amaba como a mi adorado pez.


Con los ojos desbordados con lagrimas de arrepentimiento me pregunto si yo había hecho feliz a ese pececito hermoso que ya no está mas conmigo. Por primera vez en casi dos años que compartimos pensé en él como un ente capas de felicidad, por las noches todavía me angustia saber si sabrá ahora que está por encima de lo visible lo mucho que yo lo quería, lo importante que es su ausencia en mi living y si podría, algún día, perdonar cada una de las veces que pase a su lado sin siquiera mirarlo, sin detenerme en su hermosa sencillez de agua cristalina.

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